Trípoli.

(Publicado originalmente en Paperfront Magazine y #nocabeenuntweet).

Escribo sobre Trípoli porque ya no vivo en ella. De lo contrario, no perdería el tiempo delante de esta máquina de escribir. Recorrería la ciudad en uno de sus buses semi-profesionales, esos buses-furgoneta cuya principal misión es encerrar a los viajeros, apiñarlos, hacer que sufran, que conspiren entre ellos, que se detesten, y en un plano muy secundario (casi anecdótico), conducirlos a sus destinos correspondientes.

La otra opción para circular por la ciudad es subir a un taxi en marcha. Los taxis en Trípoli son siniestros y más concurridos que los buses, a pesar de lo reducido del espacio. Para no transportar cadáveres que en algún momento del día fueron pasajeros carecen de ventanas, reventadas a martillazos para un mejor acondicionamiento del vehículo, lo que mejora la temperatura en el interior pero empeora la acción del conductor, máxime en una ciudad tan sucia y con tal cantidad de insectos. Otra de las ventajas de viajar sin lunas es la exposición continua a vendedores y saqueadores ambulantes, si bien es cierto que en determinadas coyunturas (hambre, sed, aburrimiento) pueden sacarnos de un apuro (los vendedores, se entiende).

Pero lo más emocionante de moverse por Trípoli comienza cuando tu taxi o bus deposita a todos los ocupantes en sus respectivas casillas de llegada y solamente queda una ficha a bordo: tú. Lo primero que hace el conductor es preguntar por tu parada, para no dar rodeos innecesarios. “Hotel Vía Mina”, le informas. Te mira con ojos de neurótico (los ojos de alguien que conduce sin parabrisas durante 16 horas al día) mientras se desliza por callejones y avenidas que no recuerdas haber cruzado en anteriores trayectos. Rezas para que esté tomando un atajo y no la ruta hacia alguna travesía abandonada (donde poco le costaría dejarte sin dinero, ropa y aliento), hasta que ves a lo lejos un comercio, un arbusto, algo familiar entre tanta monotonía y vuelves a tu ateísmo de siempre, a pelear con el cobrador por la cifra de pago acordada, que siempre sube unas monedas cuando el cliente tiene cara de extranjero, de tener cierta liquidez, de no entender bien el idioma. Cara de idiota. Te comportas como tal pagando el doble del precio normal, das las gracias por nada y saltas de un vehículo que ya está en marcha, como cuando subiste, hace casi media vida.

Durante el tiempo que residí en Trípoli nadie me atracó, ni me vi inmerso en accidente de tráfico alguno, a pesar de que mi estancia fue de varios años y viajé en infinidad de vehículos (a cual más precario) con lo que alguien puede inferir cierta exageración en mi relato. Nada más lejos de la realidad. Ocurre que soy hombre de desmesurada buena suerte.

Pero la buena suerte tiene fecha de caducidad, por eso ya no vivo en Trípoli, sino aquí, en Milán, una ciudad irresistible donde cualquiera puede conseguir lo que se proponga. Como por ejemplo, perder el tiempo delante de una máquina, escribiendo sobre una época donde suerte y muerte convivían en armonía.

Nota: No conozco Trípoli, ni Milán. Tampoco tengo máquina de escribir, ni buena suerte. Lo único real de toda esta historia es mi cara de idiota.

 

Copyright © 2012 Luis Miguel Delrieu. If you are not reading this material in violencevintage.wordpress.com, the site you are looking at is guilty of copyright infringement. Please contact violencevintage@gmail.com so we can take legal action immediately.

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